Incinerados sus restos por la Santa Inquisición, vive intacto el Rey Nayar

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La mañana del 1 de febrero de 1723, el día se hizo noche en la Alameda de la Ciudad de México. El Santo Oficio había cremado los restos del Rey Nayar, para acabar para siempre la herética veneración que le tributaban los coras. El fuego purificador no logró su cometido. Tres siglos después, los pueblos originarios conservan en un templo católico el cráneo de su señor, rey y dios, que da nombre a una entidad federativa y gentilicio a casi dos millones de personas que habitan en México, Norteamérica y casi todas partes del mundo.

Tenía la Santa Inquisición una fe ciega en el poder del fuego, que todo purifica, todo extingue. Por eso condenó a ser incinerados los restos de Nayar o Nayarit, nombrado rey, pero venerado como dios por los coras, que habían resistido en las montañas la dominación española por dos siglos.

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Juan Ignacio María de Castorena Ursúa y Goyeneche. Inquisidor del Rey.

En el convento de San Diego, en un extremo de la Alameda de la Ciudad de México, el ídolo Nayar fue echado al fuego el 1 de febrero de 1723. Consumido a cenizas, de repente el día se convirtió en noche, una señal perturbadora, que recordaba el apagón de las tres de la tarde cuando murió crucificado el dios de los cristianos.

La Gaceta de México daría cuenta que en realidad fue un ventarrón que alzó por los aires aquel polvo negro que oscureció el cielo. Después, lo poco que quedó fue tirado a la acequia de San Lázaro, para que no quedara partícula sobre partícula.

Ni el fuego ni el viento ni el agua borraron a Nayar. Sigue siendo venerado como dios por los pueblos originarios de la Sierra Madre. Da nombre a una entidad federativa(Nayarit) y forma parte del nombre (nayaritas) de casi dos millones de personas que residen en México, Norteamérica y muchos países del mundo.

No sólo eso: según relato del pueblo cora, entregaron a las fuerzas virreinales otro ídolo. Los restos auténticos para ellos se conservan ocultos en el templo católico de Mesa del Nayar. El historiador Pedro López González, que conoce el cráneo, estima que es poco probable que sea de una persona que vivió hace más de un siglo.

Baltazar de Zúñiga y Guzmán. Virrey de la Nueva España.

Sin que importe la verdad histórica, quizá ése sea un templo sin par en el mundo, pues ahí cohabitan en santa paz dos dioses distintos: el de los cristianos monoteístas y el de los coras politeístas; Jesús, el dios que se hizo hombre, y Nayar, el hombre que se hizo dios.

Tal vez Meridiano de Nayarit sea el único medio formal que recuerde esta importante fecha del tercer centenario del fallido intento de borrar para siempre a Nayar de la memoria y existencia en la fe nativa de México. Y seguramente en ninguna agenda cultural pública o privada haya evento recordatorio.

No es para menos: existen escasos trabajos académicos sobre el tema y localmente sólo se han editado dos libros recientes: un recuento (Rey Nayarit. El señor que está en el cielo y en el Sol), agotado en apenas unos meses, del historiador Pedro López González, y una voluminosa novela de Queta Navagómez.