Los restos de Prisciliano Sánchez, perdidos en Guadalajara

* El nativo de Ahuacatlán, precursor del federalismo mexicano y primer Gobernador constitucional de Jalisco, fue perseguido por los conservadores hasta después de su muerte.

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A fines de 1826, en un clima de confrontación política entre liberales y conservadores de Jalisco, estos últimos con el apoyo de la jerarquía católica, el primer Gobernador constitucional de ese estado, Prisciliano Sánchez Padilla, se debatía entre la vida y la muerte a causa de una gangrena; finalmente, perdió la batalla y dejó de existir la noche del 30 de diciembre, a solo cinco días de cumplir cuarenta y cuatro años de edad.

Bautizado como Ramón Ignacio Prisciliano, nació un día como hoy, 4 de enero, pero de 1783, en Ahuacatlán, localidad del Séptimo Cantón del estado de Jalisco (Tepic). Inició así una breve carrera a la cual los mexicanos le debemos en gran parte que nuestro país sea una república federal y que exista la división de poderes tanto en la Federación como en los estados, además de que a principios de siglo XIX se hayan establecido las bases de la relación Estado-Iglesia.

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El bachiller en leyes Prisciliano Sánchez luchó por nuestra independencia del yugo español, sin más arma que la oratoria para convocar a la población a sumarse al Ejército insurgente; después fue Alcalde ordinario en Compostela, pero, sobre todo, brilló como legislador federal y local.

Como primer Gobernador constitucional de Jalisco, estado al que pertenecía el actual Nayarit, emprendió diversos proyectos educativos y hacendarios; una profunda reforma judicial y de la administración pública, además de implantar la nueva división política y territorial de esa entidad federativa, e impulsó programas de beneficencia pública, sin dejar de lado las obras materiales; un hombre que, hasta sus últimas consecuencias, privilegió el respeto a la ley y a la libertad de expresión.

Un día antes de su muerte, 29 de enero de 1826, Prisciliano Sánchez llamó al escribano José Tomás de Sandi para dictar su último testamento y dispuso que su cuerpo fuera introducido “en un cajón, y cerrado con clavos, se conduzca al camposanto, en donde sea enterrado sin pompa alguna”. Por último llamó a un sacerdote para confesarse y recibió la extremaunción.

El fallecimiento de Prisciliano, acaecido el penúltimo día de 1826, no amainó la confrontación entre sus partidarios y quienes se opusieron a su actuación como legislador y gobernante liberal: por una parte, el Cabildo eclesiástico de Guadalajara se negó a que se oficiara una misa de cuerpo presente en su honor, como tampoco habría alguna eucaristía en su memoria, además de que los clérigos y muchos feligreses estuvieron ausentes del sepelio.

Por si fuera poco, circularon comentarios acerca de que el final de Sánchez se debió a su comportamiento “impío”. Los restos del Gobernador fueron sepultados en el camposanto del hospital de Belén en Guadalajara, “sin epitafio alguno, para evitar la profanación de algún oficioso retrógrado”, según narra Marco Antonio Cuevas Contreras, biógrafo de Sánchez Padilla.

Además, en Ahuacatlán, el párroco del pueblo se negó en principio a oficiar una misa por el descanso del alma de Prisciliano, solicitada por Rosalía Padilla, tía del fallecido, y afuera de su casa apareció un monigote con la leyenda “Por hereje”, colgado de un árbol por desconocidos. El sacerdote debió retractarse porque Rosalía solicitó la intervención de un militar acantonado en la localidad.

En desagravio, el 30 de abril de 1827 el Congreso del Estado de Jalisco, dominado por liberales, emitió su decreto número 96, en el cual ordenó que se hicieran las exequias del gobernador Prisciliano Sánchez, no con un triduo de misas, vigilias o responsos, sino del mismo modo que se efectuaban las de los reyes de España. También dispuso que fuese colocada en el salón de sesiones del Congreso la inscripción latina en letras de oro Patriae Patri: Padre de la Patria.

Para culminar la apoteosis, el mismo decreto ordenaba la exhumación de sus restos y su traslado a un Panteón de los Hombres Ilustres, mausoleo que para tal efecto debió construirse. En cumplimiento del decreto, el 8 de agosto de 1827 el gobernador Juan Nepomuceno Cumplido y Rodríguez dispuso nueve días de riguroso luto, los cuales empezaron a correr el 30 de agosto del mismo año. La celebración de las honras fúnebres en Guadalajara tuvo lugar el 6 y 7 de septiembre de 1827 en el templo de Nuestra Señora de las Mercedes.

Pasadas las exequias y en virtud de que la obra del Panteón de los Hombres Ilustres no se ejecutaba, el Gobierno resolvió no aplazar más su entierro en un lugar decoroso y ordenó su traslado a la capilla de Palacio de Gobierno en una solemnidad que tuvo lugar el 12 de marzo de 1828.

Los restos de Sánchez no encontrarían reposo por sucesivas exhumaciones e inhumaciones tendientes a protegerlos de quienes serían enemigos del personaje aun después de su muerte, hasta que en noviembre de 1847, con la aquiescencia de fray Isidro Gascón, fueron depositados, según testimonios posteriores, en el presbiterio del Convento de la Merced de la capital tapatía, en un cofre de madera dentro de otro metálico.

Se presume que ahí se conservan anónimos, aunque hay quien considera que se han perdido irremediablemente, pues incluso personal del Instituto Nacional de Antropología e Historia, a instancias del biógrafo Cuevas Contreras, no hace mucho verificó el sitio pero no pudo ubicarlos.

Así que a doscientos cuarenta años de su nacimiento y a poco más de ciento noventa y seis de su partida, el precursor del federalismo mexicano y padre del estado de Jalisco, nacido en el hoy Nayarit, no descansa en paz.