A 6 metros de O.J. Simpson en julio de 1995: una crónica de Oscar Verdín Camacho

* Esta crónica fue publicada en el periódico Meridiano el 18 de septiembre de 1995, y también se encuentra en el libro de relatos La Generación del Cacahuate, a propósito del que en Estados Unidos fue llamado El Juicio del Siglo.

(Aviso: una sencilla carta escrita a mano por José, el mayor de mis hermanos, permitió que este reportero fuera aceptado en una corte de Los Ángeles, California, en una de las audiencias del juicio contra O.J. Simpson, el famoso ex jugador de futbol americano, acusado entonces del homicidio de su ex esposa y un acompañante. Reproduzco una crónica que se publicó en el periódico Meridiano el lunes 18 de septiembre de 1995, añadiendo o restando una que otra palabra.

Orenthal James Simpson falleció este martes 10 de abril, a la edad de 76 años, a consecuencia de una enfermedad).

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El caso de O.J. Simpson será, como lo adelantó don Felipe, un anciano radicado en San Pedro, California: “Como la muerte de Kennedy; pasarán 20, 50 ó 100 años y la gente siempre hablará de él”.

Calificado en los medios informativos de Estados Unidos como “El Juicio del Siglo”, el de Orenthal James Simpson prácticamente se ha convertido en una novela para los habitantes del vecino país del norte.

Varios canales de televisión transmiten en vivo las imágenes desde el edificio de salas penales de Los Ángeles, en el crucero de las calles Spring y Temple.

Así, alguien sin trabajo o interesado en el juicio se puede pasar diario, de lunes a viernes, cuando menos ocho horas sentado frente al televisor, observando al que en la historia ha sido uno de los mejores corredores de futbol americano y quien, ya retirado del deporte profesional, alcanzó una fama mayor al ser detenido como probable responsable de la muerte de su ex esposa Nicole Brown y su supuesto amante Ronald Lyle Goldman.

 

¿CÓMO LLEGUE AL JUICIO DE O.J.?

 

Tanta es la popularidad del caso, que a diario miles de estadounidenses solicitan estar presentes, siquiera unas horas, en la sala penal. De ellos, sólo dos o tres por día pueden lograr su anhelo.

Y no hay vuelta de hoja: sólo el tribunal, después de estudiar las peticiones, decide quienes pueden ocupar los lugares destinados al público.

Los demás asientos corresponden a abogados de las partes, familiares y periodistas.

La verdad, por mi cabeza no había pasado el que pudiera estar en la sala penal más famosa de Estados Unidos. Todo fue de una manera sencilla, pero sumamente eficaz.

El primero de julio de 1995, el mayor de mis hermanos, José, ingenioso y decidido desde siempre, escribió una sencilla carta al juez Lance Ito, encargado del caso O.J. Simpson.

A mano, en inglés, José se describió un poco: “tengo 45 años de edad y los últimos 21 los he vivido en la ciudad de San Pedro, donde, gracias a Dios y junto a mi esposa Rosa, tengo tres hijos de nueve, 14 y 16 años.

“La razón por la que escribo en su honor es porque mi hermano Oscar y su familia arribarán, de México, el tres de julio, con el fin de estar de vacaciones durante tres semanas. Mi hermano es reportero en un periódico pequeño, de nombre El Meridiano, en la ciudad de Tepic, capital del estado de Nayarit, México.

“Y me dirijo a usted para ver la posibilidad de que mi hermano pudiera estar, por unas horas, en el juicio de O.J. Simpson, entre el día tres y el 23 de julio.

“Yo quiero darle a mi hermano un regalo inolvidable, y sé que esto es algo que ni con todo el dinero del mundo se puede comprar”…

Recién desempacado en San Pedro, José me hizo algunas preguntas en torno a si me gustaría acudir al juicio de Simpson. Respondí con un sí cualquiera, sin saber que el camino a la sala penal ya existía.

Y la respuesta llegó rápido: el jueves seis de julio, al entrar a la casa de José, sentí su sonrisa y saludo diferentes.

– No hagas planes para el lunes 17, ¡te vas a ver a O.J!…

Horas antes, me explicó, le había llamado por teléfono Jerry Ann, empleada del juzgado, quien confirmaba que el juez Lance Ito había aceptado su solicitud.

– Te vas de traje, me insistió José pero sin convencerme.

Me pidió que hablara por teléfono a Meridiano, pero tampoco acepté, por dos razones: no quería que me preguntaran cuando regresaba a trabajar y, la principal, debo admitirlo, temía que por una u otra razón no pudiera estar en el juicio.

 

LOS DÍAS SE FUERON VOLANDO

 

Para el domingo 16 yo ya sabía, al menos, como decir en inglés que no hablaba ese idioma, aunque para entenderlo un poco tenían que hablarlo muy lento.

Me propuse no comer mucho un día antes ni tomar líquidos horas antes de ir al salón. Quería evitar a toda costa idas al baño durante la audiencia.

Y así, finalmente, amaneció el lunes 17. La cita con Jerry Ann era entre 8:25 y 8:30 de la mañana.

Mi estancia en San Pedro era en la casa de mi hermano Enrique (Quiqui) y desperté alrededor de las 5:30, media hora después de lo previsto, y como José había adelantado pasar por mí a las 6:00, el baño con agua helada fue lo más rápido posible.

Me imaginé que iba como a la guerra, pues con un insistente “que te vaya bien” se despidió mi hermano Quiqui antes de irse a trabajar, al igual que mi cuñada Lola, mi hermana Norma y su esposo Oscar, mi esposa Blanca, mi mamá.

Una y otra vez revisé un pequeño maletín: el pasaporte aquí está, la cartilla del Servicio Militar también, una copia de la carta enviada al juez no podía faltar. Ni la cámara fotográfica ni el cuaderno y tres plumas por si alguna llegaba a fallar.

– ¿Me imagino que ya sabes, cuando menos, los nombres de los defensores de O.J. y los fiscales?, me preguntó José cuando circulábamos rumbo a Los Ángeles.

– Sí -le respondí. Y le mentí-. No sabía ningún nombre, aunque ya estaba familiarizado con ellos por las transmisiones por televisión.

Y luego me dio clases de periodismo:

– Bueno, pero si no entiendes quién es uno y otro, puedes ponerles un número y después te ayudamos  para que los reconozcas.

Así lo hice.

Estaba seguro que el juicio de O.J. Simpson era similar a los tantos que en Meridiano he escrito, sin embargo, la diferencia la esperaba en la forma en como se desarrollaba.

Fieles a la puntualidad, aquí nos pasamos de la raya: llegamos antes de las siete de la mañana al edificio de Spring y Temple. Al entrar, un contratiempo: la cámara, detectada en el maletín, no podía pasar, y tampoco grabadoras.

Regresamos a la camioneta de José para guardar la cámara, no sin antes él tomara algunas fotografías.

Volvimos al edificio y empecé a sentir el frío que invade a los provincianos frente a las multitudes, principalmente en la espera.

Reporteros por aquí y por allá. Cámaras de televisión acomodadas en los accesos y salidas principales del edificio. Y policías vigilantes observando televisores que transmiten imágenes de todos los rincones del inmueble de 19 pisos.

Emocionados igualmente, lo primero que buscamos fue el baño. Y luego la cafetería, pero no tomamos nada; entre menos cosas trajera en la panza, mejor, coincidimos.

Cerca de las 7:30 de la mañana subimos al piso 12, donde me iban a dar el pase para la sala penal. Al llegar, extraños a los ojos de un guardia, preguntó por qué estábamos en esa zona, prácticamente exclusiva para reporteros y empleados del juzgado.

José le explicó la historia de la carta y ahí quedó todo. Pero como era muy temprano, volvimos a la parte baja del edificio.

Conforme pasaban los minutos, el “hervidero” de gente se incrementaba en los pasillos.

Pasadas las ocho de la mañana volvimos a subir al piso 12; para entonces el primer guardia había sido relevado y en su lugar permanecía otro, obeso, quien desde el primer momento nos atajó.

José volvió con el mismo relato en torno a la carta, pero al agente le pareció extraña la versión y dio muestras de duda, pero de cualquier forma nos permitió permanecer en espera de Jerry Ann.

Alrededor de las 8:30 hicimos fila en un pasillo, tras un grupo de reporteros que se dirigían hacia una mujer de algunos 40 años, de tez blanca, para recoger su pase. Ejemplares de las revistas Time y Newsweek estaban al alcance de quien quisiera.

Carta y pasaporte en mano, no hubo mayor problema. La empleada del juzgado Jerry Ann me entregó el pase C-1.

Y era todo por su cuenta.

Volvimos a la planta baja para luego tomar un elevador al piso nueve, donde se desarrolla el juicio.

Aquí existe una segunda revisión y uno de los agentes, ágil en la mirada, me cuestionó por qué traía un pase. Ante la respuesta de José, no tuvo más que dejarme pasar. Y también a él, una vez que lo pidió.

De esa forma quedamos en un largo pasillo de algunos siete por 80 metros, a un paso del esperado salón.

Medio centenar de periodistas, la crema y nata al menos de California, estaban ahí. Y José, emocionado, reconocía al menos a los reporteros de televisión.

Luego observamos a los defensores de Simpson, el paso de los miembros del Jurado, y a la Fiscal Marshal, una mujer con leves ojeras de la que medio Estados Unidos se ha enamorado por su encanto. José se puso feliz al verla…era uno de sus encantados.

Era lunes y José debía trabajar desde las ocho de la mañana, pero se despidió cerca de las 9:10, mientras algo improvisto había retardado el inicio de la audiencia.

Así, solitario entre los reporteros, caminé de un lado a otro, esperanzado en oír alguna voz latina. Y nada.

A las 9:30 se abrió la puerta de la sala principal.

 

EN EL JUZGADO

 

De pies a cabeza, tres guardias revisaban celosamente a cuanta personal ingresaba al salón; al último de ellos, con mi raquítico inglés le solté un “¿whereis?” mientras le apuntaba el C-1 de mi identificación.

No batallé mucho para encontrar mi asiento. Era el primero al entrar –o el último, como se quiera ver-. Cerca de mí estaban otros dos jóvenes de no más de 20 años, parecían gemelos y era evidente que también eran invitados.

En la sala, algunas personas me eran familiares. A un policía lo había visto en televisión, igual que al testigo del día, el doctor Robert Huizenga, quien hablaba por teléfono en un cuartito a la vista de todos, con paredes de vidrio.

Pintado de color café, de 15 por 15 metros aproximadamente, la sala tiene adaptadas dos cámaras de televisión en una de las paredes, que pueden captar imágenes de todos los rincones. Una tercera cámara está de frente, al fondo del lugar, y la maniobra una persona.

Tres relojes, dos de ellos grandes, son testigos mudos de lo que a diario ocurre en el lugar.

A las 9:49 todos nos pusimos de pie. El jurado había llegado. Son ciudadanos comunes que decidirán si Simpson es culpable o inocente. Ningún medio informativo puede publicar sus nombres. No platican ni entre ellos. Durante el juicio, no tienen mayor referencia al caso que el percibido en las audiencias. No leen periódicos ni ven noticias en televisión, para evitar que sean influenciados. Viven como en otro mundo.

El personaje esperado, a quien entre sueños recuerdo como jugador de futbol americano, llegó a la sala a las 9:42 minutos por una puerta distante escasos seis metros de mi sitio.

Con traje azul marino, sonrió hacia el lado derecho, donde, posteriormente supe, se encontraba una de sus hermanas. De complexión atlética, Simpson oscila en 1.86 metros de estatura.

Y transcurrido un trámite legal, comenzó el ataque del fiscal Brian Kelberg, sobre el doctor Huizenga.

Huizenga fue presentado por la defensa para que atestiguara que Simpson, debido a las lesiones durante su época de futbolista, estaba imposibilitado para matar a dos personas de la forma en que ocurrieron los crímenes.

¡Ah como habló ese fiscal!. “And doctor, and doctor, and doctor”, se le escuchaba decir hasta que a las 10:47 el juez Ito ordenó un receso.

Regresamos a las 11:03 y continuó el fiscal, barbón, intentando dominar al testigo, quien obviamente no aflojaba, justificando las lesiones de Simpson.

– ¡Objecion!, ¡objecion!, gritaban una y otra vez los defensores del procesado.

De antepasados japoneses, el juez Ito en ocasiones admitía la queja de los defensores y en otras dejaba al fiscal continuar con el interrogatorio.

A su derecha, Ito tenía unas banderas de Estados Unidos y de California. Era constante el paso de su mano izquierda tocándose la barba y el recargón del cachete, como niño triste, en la misma mano.

Entre los presentes, inactivos, comenzaba a haber rostros con sueño. Los periodistas anotaban rápido los puntos de su interés y de vez en cuando se oía un destornudo inesperado.

Cinco policías, entre ellos una mujer, podían moverse, discretos, de un lado a otro. El uniforme lo llevaban muy pegado al cuerpo, traían un montón de llaves y pistola fajada, y cómo rechinaban los zapatos cuando caminaban.

Una empleada anotaba rápidamente cuanta palabra oía. Así por ejemplo, a las 11:37 el juez llamó junto a él a dos abogados defensores y a los fiscales, y mientras secreteaban, ella estuvo cerquita, escribiendo todo.

A las 12 del día, la hora de comer. Un descanso de hora y media.

Hablé por teléfono con José. Lo escuché emocionado. Uno de sus hijos, Mike, de 14 años, tenía la encomienda de grabar toda la audiencia hasta localizarme. La tarea era difícil porque yo estaba en una esquina.

Intenté hablar también a las casas de mis hermanos Quiqui y Norma, pero no pude. Después entendí que el teléfono me pedía más monedas por haber una mayor distancia.

Por cierto, no bajé a la cafetería. Creo que fui el único. No quería correr el riesgo de que de regreso me detuvieran en alguna revisión.

Aunque en el pasillo hubo con quien platicar. Me encontré a un señor de nombre Pedro, cubano de nacimiento, enemigo anónimo de Fidel Castro y quien en otro caso fungía como parte del jurado.

– ¿De cuál?

– No puedo decirte, rompería con el juramento.

Fue él quien me explicó la peculiar forma de vida que tienen los miembros de un jurado, sobre todo en casos trascendentes como el de Simpson. Viven separados de su familia y hay algunos que de plano no soportan el ritmo y se separan del juicio.

Y son severos con ellos. Cuenta: “hubo un juez que supo que el miembro de un jurado había dicho estar a punto de dormirse en la audiencia, y con eso tuvo para correrlo”.

– Mira, en mi juicio ese que va ahí es el detenido, pero no puede salir de aquí, trae adaptado un aparato de rápida localización.

Se refería a un sujeto que caminaba por el pasillo, campante.

Volvimos a la sala.

Con dificultades, al reportero de al lado, muy joven, le cuestioné sobre la familia de Simpson. Con un dedo señaló a una mujer gorda. Era ella a quien O.J. sonreía cada que entraba y salía de la sala.

Sentado, da la impresión de que Orenthal James constantemente ladea la cabeza hacia la derecha. Tiene, al igual que otros protagonistas del juicio, una computadora frente a él en la cual puede ver lo que en pantalla grande se muestra en la sala, trátese de fotografías, videos, documentos.

Precisamente los periodistas se pusieron alertas cuando, pasadas las 3:15 de la tarde el fiscal pidió al juez que trascendiera un video donde Simpson aparece bailando, haciendo aerobics.

Según Kelberg, lo anterior era prueba de que Simpson tenía potencial físico para matar a su ex esposa y a su supuesto amante. La defensa protestó para que las imágenes no trascendieran, pero el juez Lance Ito dio la orden de que aparecieran en la pantalla.

En short y camiseta negra, con tenis, Simpson fue captado bailando aunque a lo largo de las imágenes manifiesta dolor a sus acompañantes.

El final del video fue casi a las cuatro de la tarde y luego Lance Ito dio por terminada la audiencia.

Por si las dudas, pregunté a uno de los guardias que, vestido de civil siempre estuvo en una entrada a la sala. Y al ver mis problemas con el inglés, me respondió con un raquítico español: “no más, no más”…

Las respectivas identificaciones permanecían en la zona de revisión del piso nueve. Rápido recogí mi pasaporte y al bajar por el elevador me encontré con el testigo Huizenga, que cargaba una mochila azul.

 

EL FINAL

 

Volví a hablar por teléfono con José. Del trabajo salía a las cinco de la tarde y debí esperarlo más de una hora.

Afuera, en la calle Temple un montón de reporteros esperaban a los abogados de ambas partes, en tanto que algunas 200 gentes se manifestaban frente al juzgado, en su mayoría latinos y de raza negra, con pancartas.

Pordioseros, vendedores de camisetas con el rostro de Simpson, aguardaban afuera del edificio.

Tan pronto llegó José, regresamos a San Pedro. Todo fue hablar y hablar de Simpson.

Ese día perdió México en penales contra Estados Unidos, en la Copa América celebrada en Uruguay.

Y bueno, en el video grabado por Mike, aparezco brevemente, en una imagen de cámara abierta, reacomodándome los lentes frente a los ojos.

A muchos años de distancia, como bien lo escribió mi hermano en la carta, la visita al juicio de O.J. Simpson sigue siendo un regalo inolvidable.

 

 

* Esta información es publicada con autorización de su autor. Oscar Verdín Camacho publica sus notas en www.relatosnayarit.com