Aquel 31 de agosto en que Nervo conoció a su “amada inmóvil”

Quiso el arcano que se encontraran esa noche en París

“Aquella noche bendita del estío de 1901”, en París, el poeta tepiqueño buscaba matar el tedio con una muchacha del Barrio Latino, quien no acudió la cita “y, en cambio, la mano misteriosa que teje los destinos, nos puso a Ana y a mí frente a frente”.

Sobre el primer encuentro con quien sería su musa y compañera, Amado Nervo narró: “Ella paseaba con una hermana y, según supe después, había salido aquella noche impulsada por un tedio tan grande como el mío. También ella tenía dolores, y su hermana, solícita, angustiada al verla llorar en el rincón de su casa, insistió para que saliese (…) Ella se dejó convencer… El arcano iba a arrojarla en mis brazos. Un minuto más o menos, y no nos hubiéramos encontrado. Pero estaba escrito. Nuestra simpatía fue inmediata.”

Ella tenía veinte años y él, treinta y uno; se prometieron amor “¡Para toda la vida! Y para toda la vida fue… Más de diez años de un amor confiado, lleno de abandonos. Más de diez años de esa cosa deliciosa y divina que se llama el cariño, y que resume todas las cordialidades, todas las intimidades, todas las seguridades de la vida”.

“París, Londres, Nueva York, México, Bruselas, Roma, Venecia, Florencia… Medio mundo nos vio juntos. ¡Adónde iré ahora que no me encuentre con su fantasma! ¡En qué lugar no he de ver su huella bendita! ¡Qué paisaje no ha de reconstruírmela!”

Tras encontrarla en el camino de la vida aquel 31 de agosto, Amado perdió a Ana Cecilia Luisa Dailliez, a causa de la fiebre tifoidea, una “lívida mañana del invierno de 1912” y estuvo consciente de que no había más que dos formas para la ansiada restitución de su amada: “O que ella venga a mí espiritualmente, o que yo vaya a ella por el gran camino, por el camino real de la muerte.”

Pensó en el segundo camino cuando ella yacía en su féretro y luego varias veces acarició la cacha de su pistola. “Pero me asustó, no la aprensión vulgar de la muerte, sino el horror de una ausencia todavía más terrible, infligida por castigo, y junto a la cual nada significa este relámpago, esta ilusión, esta fantasmagoría de la vida, tras de la que Ana me aguarda, quizá, de par en par abiertos los amorosos brazos invisibles!”

“Y he aquí cómo inveteradas ideas espiritualistas, que desde mi infancia anclaron en el alma, ahondadas por tantas lecturas, me han impedido la muerte; gracias a ellas… ¡ni puedo vivir ni puedo morir!”

En memoria de Ana, Nervo escribió uno de sus libros más célebres: “La amada inmóvil”, publicado en forma póstuma en 1922 (el autor falleció tres años antes). La primera estrofa de uno de los varios poemas de la obra dice:

“¡Oh vida mía, vida mía,
agonicé con tu agonía
y con tu muerte me morí.
De tal manera te quería,

que estar sin ti es estar sin mí!”