Ante el miedo, las alas. No más feminicidios

Soy Alondra Maldonado Rodriguera, mujer, soy parte de las estadísticas de las niñas abusadas, sobreviviente del silencio y la indiferencia. También chef, investigadora, autora, sobre todo, contadora de historias alrededor del fogón.

En Tepic, Nayarit,  mi ciudad natal, el domingo 24 de mayo entre 7 de la mañana y medio día, Diana abrió la puerta de su casa a un conocido. Conocido que  no necesitó brincarse una barda, ni romper el cristal de una ventana, ni forzar una chapa. Ingresó bajo la piel de la cercanía.

Al caer el sol de ese mismo día, entre las montañas de la Sierra Madre Occidental, en Cofradía anexo de Mesa del Nayar; Leonila de 30 años, estando en casa con su bebé es apuñalada con la misma violencia que Diana de 21 años. Ambas murieron.

Una tarde de verano de 1982, bajo una llovizna  entre los cantos de “…que llueva, que llueva, la virgen de la cueva…”  un automóvil blanco se acercó a nosotras, las niñas de la cuadra que jugábamos libremente bajo la lluvia, entre la banqueta y la calle. El conductor nos hizo señas para acercarnos a él. Las 3 niñas atendimos el llamado del desconocido, al acercarnos observamos inquietas lo que seguramente sería nuestra primera imagen sexual, ese hombre sostenía entre una de sus manos algo erecto que salía del pantalón con movimientos de arriba a abajo y en el asiento del copiloto había revistas con hombres y mujeres desnudos.

Él algo hablaba pero pronto dejé de escuchar sus palabras, para poner mi atención en esa escena jamás vista con una sensación de peligro. Alguien de casa nos llamó, el auto aceleró, nosotras nos vimos y sin mediar palabra, hubo un pacto de no decir nada. ¿Qué podíamos decir? ¿Cómo podíamos poner en palabras lo sucedido, qué era aquello que salía del pantalón? ¿De dónde surgía la sensación de alerta?

Al leer estas noticias de Diana y Leonila, escucho en el corazón la estrofa de La canción sin miedo de Vivir Quintana  “…yo soy esa niña que subiste por la fuerza…”, mientras recuerdo mi primera imagen de un abuso sexual.  Porque ese acto fue violentarnos sexualmente. Tuvimos suerte, el agresor no quiso o tal vez no pudo llevarnos por la fuerza. ¿Cuál habría sido nuestro destino de habernos llevado?

Escasos 3 o 4 años más tarde, ya de ocho años, caminaba de casa de mi tía Ema a la de la suegra de mi hermana, sobre una banqueta estrecha. Sentí como un vehículo desacelera, unos voces masculinas se ríen al mismo tiempo que  siento una nalgada, para luego ese vehículo cobarde tomar velocidad alejándose pero dejándome la huella de violencia. Sí, es violencia. Por esa misma banqueta estrecha, alguien en bicicleta volvió a repetir la misma cobarde acción.

Hace 29 años, a mis quince, en este “Tepic tranquilo”, volvíamos a media noche de una fiesta de quinceañera 3 amiguitas y yo en el vehículo de mis padres, yo era la conductora. Cuando fuimos acosadas por unos hombres borrachos arriba de una camioneta Ram Charger, no sin antes librar una persecución, logramos escaparnos de ellos. Un mes más tarde, ellos mismos asesinaron a unos joyeros, hecho que conmocionó a la sociedad de tepicence.

Estando en mi casa y en casa de una amiga, fui tocada en mi adolescencia temprana por alguien conocido… cada uno de estos actos ha sido un abuso sexual, donde siempre fui fuertemente “aconsejada”: no digas nada. Viví durante mucho tiempo a la sombra de esta acumulación de hechos, no es de extrañar que durante años mi vestimenta semejara a una casa de campaña… pero no era yo, era él.

No es de sorprender que cuando tenía que memorizar y citar algún poema, desde la secundaria,  yo salía una y otra vez con Sor Juana Inés de la Cruz citando:

Hombres necios que acusáis
a la mujer sin razón,
sin ver que sois la ocasión
de lo mismo que culpáis:

si con ansia sin igual
solicitáis su desdén,
¿por qué queréis que obren bien
si las incitáis al mal?

Combatís su resistencia,
y luego con gravedad
decís que fue liviandad
lo que hizo la diligencia.

He vivido con el abuso desde la infancia, con esa permisividad de la sociedad de ejercer violencia sobre la mujer desde temprana edad. Desde mi adolescencia fui catalogada como rara, huí de casa en la secundaria, claro sólo un par de días y nos regresaron, digo nos, porque lo hice con una sobrina que es más grande que yo.

He protestado de la manera que he podido, y hoy que me he ganado una voz, debo hablar y evidenciar esa violencia sutil que nos acosa a cada instante. Esa violencia de la estructura de pensamiento machista que echa culpa hacia la victima todo el tiempo y defiende al victimario con dichos como los siguientes:

Traía la falda corta, de seguro algo hizo, primero andaba de querendona y ahora muy digna, se lo ganó, pero si es su marido y se le debe atender; o, es que él solo lo hace cuando está borracho. Todo esto lo he escuchado.

En agosto 2019 Diana denunció en sus redes sociales que había sido perseguida por un hombre y acosada al salir de la escuela:

“El tipo me sigue y me ve el pecho con mirada penetrante, me dice que si quiero una bebida que él me la invita, le digo que no y comienza a acercarse cada vez más para en una ocasión intentarme besar, no saben el asco y la incomodidad que sentí. Había sin fin de gente ahí mismo, que sólo me miraba en lugar de decir algo. A lo que voy es que queremos que el gobierno nos brinde la seguridad necesaria, pero como sociedad ¿qué estamos aportando? ¿Tenemos que esperar a que pasen actos de mayor gravedad para empezar a reaccionar gente?”

A nueve meses de haber escrito esto, es asesinada en la intimidad de su hogar.

Diana dice que “lo peor” no fue la agresión por sí misma, sino la indiferencia de las personas que vieron lo que ocurría y ni siquiera dijeron algo.

He vivido en carne propia esa indiferencia, en esas palabras soy Diana, la inacción de la sociedad, de la familia, esa permisividad bajo los lentes de un pensamiento machista que es lo que ha permitido que estos jóvenes y hombres hayan actuado sin la menor consecuencia.

Nos hemos acostumbrado a vivir con “las muertas de Juárez”, en lo que va del año se hanregistrado alrededor de 1301 feminicidios, se aumentaron las llamadas de denuncia por violencia un 23%, mientras que el presidente dice que el 90% de las llamadas son falsas, ¿por qué falsas? Porque no las encontraron moribundas, otra dependencia agudiza la gravedad diciendo que el 91% de las víctimas no denuncian.

Me sembraron miedo, me crecieron alas. Sigo viva, más viva que nunca, he encontrado mi voz, he elegido tener delante de mí mujeres fuertes a quien seguir, en una FIL escuché decir a Lydia Cacho: “aunque el proceso penal continúa…perdoné a mi abusador y torturador, porque no quería que nada de él habitara en mí.” Ese día tuve una gran lección de liberación interna, el perdón; sin el mal entendido de una inacción penal. También aprendí de ella que ningún hombre per se, es nuestro enemigo, sino que ellos mismos necesitan ser liberados de esa estructura machista que, en muchos casos, los entrena para la violencia.

Afortunadamente he tenido varones cerca de mí en los últimos años que han reivindicado al hombre, que han elegido otro tipo de masculinidad. Puedo citar a Roberto Zepeda, fotógrafo del libro, a Rubén Darío quien facilitó la impresión del libro, a Pedro Molinero diseñador, Víctor Laniado, quien siempre me animó a ver mi fuerza interna. Hombres que me ayudaron sin ninguna otra agenda escondida bajo la manga.

No obstante, ese pensamiento machista, que se cree con el derecho de poseer a la mujer y tratarla como objeto, está presente y ronda en esta sociedad. Soy una creyente en el cambio interno de las personas, pero eso es personal. Mientras que la función del Estado es asegurar la seguridad de sus ciudadanos. A las mujeres no se nos ha regalado nada, mi abuela Carmen Robles fue luchadora del derecho a votar, otras lucharon para que pudiéramos decidir el largo de nuestra falda, de cortarnos el cabello, sin ser satanizadas, nos hemos ganado el derecho de ir a la escuela. El estado debe garantizar nuestra seguridad, pero también debemos como sociedad no dejarnos llevar por la normatividad de la violencia.

Madres, ¿están educando a sus hijos en un nuevo paradigma de respeto, de igualdad como seres humanos o para perpetuar un machismo?

En lo personal, jamás querré ser igual a un hombre; pero sí deseo los mismos derechos laborales y ser reconocida por mi trabajo. Isabel Allende, la escritora viva más leída en lengua española dice una y otra vez, que a las mujeres les cuesta el doble ser reconocidas. Me he preguntado mil veces, qué hubiera pasado si Sabores de Nayarit lo hubiera escrito un hombre.

Un hombre, de evidente pensamiento machista, que ocupa un cargo de decisión dijo de mí:

-A poco esa mujer que vende libros hizo este proyecto.

Su interlocutor le respondió:

-Esa mujer a quien te refieres, es la que viajó por todo el estado, es la que documentó procesos nayaritas, es la que logró la impresión de un libro, es la ha ganado premios internacionales, es la que ahora está cocinando en la Embajada de India, es la que hizo este proyecto, y lo hizo desde la experiencia de haber vivido todo eso.

No quiero ser igual a un hombre, pero quiero caminar con la confianza que nadie me va a volver a violentar sexualmente, que no corro peligro de muerte, que ningún hombre jamás se atreverá a tocarme ni a mí, ni a mis sobrinas, ni a mis sobrinas nietas, ni a mis amigas, ni a las hijas de mis amigas, ni a ninguna niña, ni mujer, ni adolescente porque están cobijados por un machismo recalcitrante.

El fiscal de Nayrit declara consternado que estamos frente a un feminicidio atroz, pero que Diana, aunque denunció en sus redes sociales, no había levantado una denuncia penal formal.

Qué hubiera pasado si ella hubiera acudido a la procuraduría denunciando los hechos, donde un hombre la intenta besar a la luz pública en una parada de camión. Desconozco de leyes, pero esa sería hoy en día suficiente razón para levantar una restricción de distancia, para encarcelar a dicho agresor, para resguardar a una joven con la fuerza del estado.

Qué pensaron los que atestiguaron, ¿qué pasó por su mente que no hicieron nada?

-De seguro tronaron y ahora se hace la difícil.

Cuando alguien cercano fue a denunciar que su esposo la golpeaba, fue atendida por otros hombres con el mismo pensamiento machista de dominación de la mujer, y le cuestionaron que qué había hecho para que la golpearan. En un acto de revictimización para aquella mujer que buscaba protección. Al regresar a su casa el marido la golpeó por haber salido de la casa, hasta que un día huyó en un capítulo digno de película con sus hijos.

En pleno 2020 he escuchado los siguientes comentarios de mujeres y hombres ante hechos semejantes:

-Pero qué hacía ella sola en la noche

-Pero claro, como traía la falda corta

Por eso la consigna chilena que encarna la verdad de las mujeres: “el violador eres tú”, no era la falda, ni la hora en que andaba. Diana y Leonila estaban en su casa. Diana fue acosada a plena luz de día, en una parada de camión, rodeada de más personas que no hicieron nada, paralizadas por un pensamiento machista donde más de alguno y alguna la habrá pensado, “de seguro se está haciendo la difícil”.

A las autoridades, a la fiscalía me uno a la petición de la urgente necesidad de castigos severos a todos los hombres que ejerzan un acto de violencia y cualquier tipo de agresión sexual contra la mujer.

Me uno a la petición del Rector Jorge Ignacio Peña González y a la comunidad de la Universidad Autónoma de Nayarit, de exigir acción y encarcelamiento al agresor.

En el mismo tenor liberemos a los niños del mandato de violencia para demostrar su masculinidad.

Se debe contar con una atención especial para las mujeres que levantan denuncias de acoso en un marco de respeto, empatía y acción inmediata.

Tolerancia cero en actos de acoso y violencia familiar.

Ni una menos, justicia para Diana, justicia para Leonila.

No más feminicidios, nos queremos vivas, ¨…que retiemble en su centro la tierra al sororo rugir del amor…” Justicia.

 

Por la Chef Alondra Maldonado.