El Vela, albañil con discapacidad en tiempos del coronavirus: “que se haga lo que Dios quiera”

• A su esposa le realiza depósitos para evitar que ella e hijos se trasladen en minibús hasta la finca donde trabaja.

Al mediodía del 16 de septiembre del 2012, José Alfredo Pérez Martínez preparaba mojarras para dorar a la orilla del arroyo El Chilte, ubicado entre Atonalisco y Jesús María Corte, municipio de Tepic, acompañado de familiares y amigos.

Permanecía sentado junto a una hielera, de cuya parte superior cayó una mojarra. La cola del pez muerto picó en el pie izquierdo de José Alfredo.

Lo acontecido parecía una mera anécdota, pero con el paso de las horas se presentó un dolor, hasta hacerse insoportable, y la pierna se hinchó notablemente.

En cosa de días, su vida cambió.

Advertido de la gravedad, el 20 de septiembre el mismo José Alfredo firmó su voluntad para que la pierna fuera amputada.

De 50 años de edad, sentado en el acceso de una casa en construcción, Pérez Martínez es uno de los miles de nayaritas, y millones de mexicanos, que no cuenta con un salario seguro, sino que continúa trabajando como albañil sin que la discapacidad sea impedimento, pero también cumple jornadas de velador, oficio por el cual se le conoce como “El Vela”.

Es un hombre trabajador.

La tarde del sábado cuatro, recuerda a este reportero que tras perder la pierna vendió dulces por un breve tiempo, pero no pudo adaptarse a esa ocupación, por lo que regresó al trabajo de albañil, apoyado por conocidos que le dieron cabida. En las últimas semanas ha trabajado en la construcción de una casa.

Precisa que nunca ha salido a las calles a pedir dinero.

Si bien su celular es tipo “cacahuatito”, José Alfredo está enterado del coronavirus Covid-19 por las noticias que escucha en la radio. Y sabe de la importancia de tomar precauciones: omite platicar de cerca con otras personas y tiene un constante lavado de manos.

Casado y con dos hijos, hay días que no ve a su familia, pero a su esposa le realiza depósitos mediante tarjeta de una tienda de servicios para evitar que ella y sus hijos se trasladen en minibús hasta la finca donde trabaja como velador. Le preocupa que viajen donde lo hacen cientos o miles de personas todos los días. Él se cocina en una parrilla. Es una forma de apoyar para que su familia cumpla la orientación del “quédate en casa”.

A más de tres semanas de que las autoridades mexicanas han insistido en la importancia de la “sana distancia”, o de una considerable disminución de fuentes de trabajo, José Alfredo resume un “que se haga lo que Dios quiera”, entendiendo que la situación podría tornarse más crítica. De hecho, le llama especialmente la atención saber que hay lugares donde han sido quemados en la calle muertos por Covid-19, en referencia a lo sucedido en Guayaquil, Ecuador.

A José Alfredo le pesa imaginar quedarse en su casa durante semanas. Seguirá trabajando, tomando las debidas precauciones. Pero no es el único con el escenario de incertidumbre: habemos millones.

Como coincidencia, a lo lejos se escucha una musiquita que suena nostálgica de alguien más en el trabajo diario: es la música clásica de quien vende nieve.

Una escena más: en ese atardecer de sábado los integrantes de una banda de música tocan y cantan en la esquina de Insurgentes, frente a Plaza de Álica, mientras familiares y amigos se acercan a conductores de vehículos con cajas de zapatos para recibir su cooperación.

La presencia del coronavirus se siente implacable.

En el semáforo de Insurgentes, frente a Home Depot, un hombre se aproxima a la ventanilla de un automóvil cuyo chofer trae puesto un cubre boca color negro.

Si probablemente en otra ocasión el apoyo habría sido de unas monedas, esta vez fue ofrecido un billete de 50 pesos.

Sí, el coronavirus también mueve a dar algo más.

* Esta información es publicada con autorización de su autor. Oscar Verdín Camacho publica sus notas en www.relatosnayarit.com