Junípero Serra, entre el odio y el olvido

* En el 250 aniversario de su partida de San Blas a las Californias...

Ilustración: Antonio Rivera

Tenía la certeza que al alba repicarían a vuelo todas las campanas, desde Acaponeta hasta Ixtlán, desde Huajicori hasta Bahía de Banderas, desde San Blas hasta La Yesca.

Se levantó antes de lo acostumbrado y sólo escuchó los tres a llamados a misa de seis en la parroquia de Xalisco, donde vive.

Creyó que a las doce del día todos los campanarios, ahora sí, romperían el silencio.

Poco después vino a buscarme a Tepic. Me confesó su decepción, porque ni la Iglesia católica conmemoró una fecha decisiva en el trabajo del misionero Fray Junípero Serra, padre fundador del estado de California (Estados Unidos), único español con una estatua en el Capitolio (en Washington) y canonizado en 2015 por el papa Francisco.

“Fray Junípero merecía otro trato porque es uno de los santos de la Iglesia católica, que hizo trabajo pastoral en Tepic de agosto a marzo antes de partir de San Blas a las Californias, hoy hace exactamente 250 años. El sábado hubo un emotivo coloquio con algunos habitantes del puerto en la parroquia de San Blas, pero creí que era el inicio de una gran fiesta laica y religiosa”, me dijo enojado Pedro López González, autor de 77 libros de historia regional, tres  libros más y cinco ensayos con temática de San Blas.

¿Quién fue fray Junípero Serra?

Fue un diminuto hombre de un metro cincuenta centímetros, cojo, que emprendió la última gran conquista en la Nueva España.

Miguel José Serra Ferrer, su verdadero nombre hasta que tomó el de Junípero al profesar en la Orden de los Franciscanos, evangelizó la Alta California, resistente a la conquista armada, donde fundó misiones con una organización social que la convirtieron en una exitosa y opulenta república comunitaria.

Junípero Serra nació en Petra, un pequeño pueblo de la isla de Mallorca, el 24 de noviembre de 1713. Desde niño hasta su muerte, vivió las más duras pruebas de la adversidad. Tras hacer sus primeros estudios en dos colegios solicitó su admisión en la Orden de los Franciscanos. Se le rechazó por su estatura y aspecto, que eran la de un niño enfermizo. Tuvieron que abogar sus maestros para que fuera admitido en una segunda oportunidad. Se le ordenó sacerdote en 1737 y tuvo una carrera académica exitosa que destacó por sus debates teológicos, habilidad que habría de serle muy útil para defenderse personalmente de futuros adversarios y enemigos de sus misiones y plan de expansión.

Hombre de ideas y oración, no le atrajo seguir en la academia o buscar un cargo en la orden. Puso la mira en América. Cuando supo que el Colegio de San Fernando reclutaba misioneros en España para Nueva España, envió su solicitud para embarcarse. La petición llegó tarde: los 33 religiosos ya estaban enlistados. Cuando cinco andaluces que no habían visto jamás el mar declinaron, hubo espacio para él y Francisco Palau, que lo acompañaría en América hasta su muerte.

En México se le envía como prefecto a las misiones de Sierra Gorda, en el actual estado de Querétaro, de 1750 a 1758. Ahí sufre una picadura de alacrán, que le deja ulceraciones que le acompañarán en todas sus caminatas y volverán precaria su salud.

En 1758 es nombrado para ir a tierras apaches en Texas, pero el triunfo de éstos sobre los españoles le hace regresar a la capital de Nueva España, donde se desempeña como predicador.

Nombrado prefecto de Baja California, parte a su destino. Permanece en Tepic poco más seis meses, donde realiza trabajo pastoral, y se embarca de San Blas a Loreto el 12 de marzo de 1768, a reconstruir las misiones abandonadas por los jesuitas tras su expulsión.

La travesía la hace a pie, renqueando por la pierna supurante que sólo ocasionalmente sana. El fraile tiene piernas demasiado cortas para caminar, pero aún más para montar en jornadas de diez horas, a lo que es obligado cuando la inflamación de la extremidad le hace imposible la caminata.

De 1769 a 1772 funda las misiones de San Diego, San Carlos (primero en Monterrey y luego la cambia al Carmelo), San Antonio, San Gabriel y San Luis Obispo. Acompañados los religiosos de algunos soldados para su protección personal, cargando en mulas algunos granos, chocolate y tabaco, se instalan y a cambio de algún alimento van convirtiendo al cristianismo a los grupos indígenas nómadas, que poco a poco se instalan en las misiones y aprenden a cultivar granos, a criar vacas y gallinas y engordar puercos. Los franciscanos aprenden su lengua para enseñarles el catecismo y les regalan trozos de tela para que se vistan, pues no era su costumbre hacerlo. Relatan los misioneros que cuando las mujeres nativas vieron una imagen de la Virgen (nunca habían visto imagen alguna) le ofrecían sus pechos porque les parecía muy pálida y frágil para amamantar al niño que traía en brazos.

Por desacuerdo con el comandante de Monterrey, Pedro Fages, jefe militar de la nueva conquista, no puede fundar San Buenaventura. Decide buscar personalmente al virrey Bucareli para tratar el asunto. Viaja de San Diego a San Blas. Enfermo, se restablece en Tepic y en Guadalajara recae y casi muere. Se recupera y continúa hasta Querétaro, donde de nuevo se halla delicado. Llega a San Fernando. Lo recibe el virrey, de quien obtiene todo el apoyo para la Nueva California. En este viaje es que un dibujante nos deja un retrato del misionero franciscano. Pero cual si estuviera frente a una computadora armado de su photoshop produce una imagen falsa: le quita arrugas y 20 años de un plumazo. O de varios, deberíamos decir.

De regreso a la Alta California funda San Juan Capistrano. Meses después tiene lugar una rebelión de los indios, que asaltan la Misión de San Diego y dan muerte al franciscano Luis Jaume. Los misioneros obtienen el perdón para los asesinos y los defienden de la autoridad civil, que quiere darles muerte. Los reintegran a la vida comunitaria de las misiones.

Cada paso, cada movimiento del prefecto de las misiones enfrenta el celo, la envidia y la intriga de los comandantes que niegan el apoyo con mulas y soldados para la fundación de las misiones proyectadas por ellos y aprobadas por el virrey. Incluso sus propios hermanos de orden se le rebelan y retrasan el trabajo de evangelización. Amenazan con cerrar el puerto de San Blas, estratégico para el envío de provisiones, y él hace una defensa que contribuye a que se le mantenga en operación.

Dedica miles de horas en escribir cartas al virrey, a sus superiores en San Fernando, a los comandantes y gobernadores y a los religiosos de las misiones. Unas son para informar de los avances, de los retrasos, de las intrigas, de las oposiciones y de las acciones en su contra. A veces logra sus fines, otras no, al grado que por un tiempo es despojado de su autoridad, que toma el jefe militar.

En 1776 reconstruye San Diego y envía a Francisco Palou a fundar la Misión de San Francisco. Un año más tarde funda la Misión de Santa Clara.

Funda por fin San Buenaventura en 1782.

Al final de sus días Junípero sufrió además de sus llagas supurantes, su pecho que le ahoga, la amenaza de dejar la Alta California en manos de los dominicos, que administraban las misiones de Baja California. Los franciscanos dejarían su obra. El proyecto no tuvo éxito al comparar la prosperidad de las misiones franciscanas y la ruina de las dominicas.

El misionero de Petra murió el 28 de agosto de 1784 en el Carmelo. Los franciscanos habrían de permanecer otros 50 años en esa república de California. Su biógrafo Omer Englebert la llama “república cristiana, de tipo comunitario (…) Lo mismo en su producción que en su distribución, las riquezas eran comunes; todos los bienes materiales pertenecían a la comunidad; igual que los frailes, los indios no poseían nada en particular”.

Por esa tierra socialista hasta sus últimas consecuencias, el país del capitalismo de las últimas consecuencias, tiene a Junípero Serra como uno de sus padres fundadores del estado de California.

El pequeño fraile cojo, con pata sangrante, dejó en esa organización productiva una herencia a Estados Unidos que hace a California una de las economías más importantes del planeta si se le considerara como país independiente.

En algún coloquio un académico explicó que la visión de que las misiones extinguieron la cultura indígena eclipsó la extraordinaria imagen de Serra, que rivalizaría con las figuras de George Washington y Thomas Jefferson a la hora de explicar la historia de Estados Unidos.

Y tal vez por no ser milagrero ni patrono de causas difíciles, tampoco es un santo taquillero. Beatificado por Juan Pablo II y canonizado en 2015 por el papa Francisco no hay imagen en algún templo católico para su culto en la diócesis de Tepic.

¿Duele menos el odio que el olvido?

Responda usted.

El odio en Estados Unidos: en septiembre de 2017 fue decapitada su estatua en la misión de Santa Bárbara, en California. En Presidio Park, en Monterey, fue decapitada otra estatua suya tras su canonización y la cabeza encontrada en el mar tiempo después.

El olvido en Tepic y San Blas: el 24 de noviembre de 2013 ni una flor en su estatua por el 300 aniversario de su natalicio. Hoy, 12 de marzo de 2018, ni un Padrenuestro, ni un cohete, ni una banda, por los 250 años de su partida del recién fundado Puerto de San Blas.

Podría ser el santo patrono de los olvidados.

Fuentes

Casas, Augusto. (1949). Fray Junípero Serra. El apóstol de California. Barcelona: Luis Miracle.
Englebert, Omer. (1957). Fray Junípero Serra. El último conquitador. México: Biografías Gandesa.
Fages, Pedro. (1973). Breve descripción histórica política y natural de la Alta California. 1770-1774. México: Fondo Pagliai.
Gómez Canedo, Lino. (1969) De México a la Alta California. La gran epopeya misional. México: Editorial Jus.
López González, Pedro. (2000). Álbum histórico del ex convento de La Cruz de Zacate. México: XXXV Ayuntamiento de Tepic.
Palau, Francisco. (2003). Junípero Serra y las misiones de California. España: Dastin.