La Navidad en que conocí (y deseé) los carritos de baterías

Los niños de mi barrio de Tepic jugábamos con carritos de madera o latón, impulsados con nuestras manos o jalados con algún trozo de hilaza, y no pedíamos al Niño Dios alguno de baterías simplemente porque no los conocíamos.

Así que al ver uno de ellos (era de bomberos, con escalera telescópica), quedé alelado y más al escuchar su sirena; aquel juguete se movía solo a los pies de su dueño, despidiendo haces de luz roja y azul. Imagine usted el impacto de aquella escena en un niño de cinco a seis años, a fines de la década de los 60.

Fue tal mi contemplación que caminé como autómata y no me di cuenta que estaba a punto de chocar con el tirante de un poste. De pronto me vi sentado en el suelo, con una charola en mis piernas y a un costado, totalmente cubiertos de tierra, las gelatinas y los flanes que vendía.

Me encontraba en la esquina de México y 5 de Febrero, en la colonia Mololoa, donde ahora funciona una gasolinera. Era mi primer tarde de trabajo, en el cual me inicié por recomendación de un pequeño amigo, atraído porque él siempre contaba con dinero para gastar y hasta nos «pichaba» dulces a sus compañeros de juego.

«Yo vendo gelatinas y gano dinero», me dijo, así que de inmediato le pedí que me llevara a donde daban trabajo a los niños. Era en el mismo barrio de Talpita, por la calle Reforma, a dos cuadras de mi casa.

De inmediato me aceptaron y comencé a recorrer calles, con mi charola a dos manos; inicié en la vecina colonia Magisterial y seguí hacia la avenida México; recuerdo que en la esquina con la calle Tenochtitlán, donde funcionaba la Academia Elías, vendí gelatinas a una pareja de novios.

Por la misma México caminé hacia el sur, crucé la Constitución y llegué a la 5 de Febrero, que ahí forma una cuchilla con la calle 20 de Noviembre. Ese fue el sitio donde tuve el gusto de conocer los carritos de baterías y la tristeza de mi primer accidente laboral.

Llorando junté en la charola las gelatinas y los flanes enterregados; no me consolaba ni el descubrimiento de aquel maravilloso juguete navideño. Quién sabe cómo me armé de valor para regresar con mi patrón de una sola tarde y hacer cuentas. No recuerdo cuánto quedé a deber ni cuál fue el acuerdo con aquel hombre, lo cierto es que no hubo regaño como el que sí esperaba de mis padres porque ya era de noche y tenía mucho rato ausente.

Finalmente tampoco en casa hubo problema. Encontré a mi padre junto al lavadero ubicado inmediatamente después de la primera y única pieza de la finca de adobe; su silueta era recortada por la luz de luna tras de él y por la falta de iluminación no podía percibir si estaba enojado; solo me preguntó que dónde andaba y respondí que jugando.

Ciertamente había jugado a trabajar, lo cual me permitió conocer qué pediría en mi siguiente carta al Niño Dios.